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El viaje del Indio Solari hacia el bello fuego de la diferencia 

Comparto unas palabras de mi amigo Néstor Gabriel Leone, en un día de mucho dolor…

Por Néstor Gabriel Leone, para https://4palabras.com/

Más que un músico, una contraseña intergeneracional y una devoción pagana. Del under al misterio de Parque Leloir, Solari trazó un clivaje ético e histórico con sus canciones. Un recorrido por su poética, la mecha de sus letras y el fenómeno de un artista que se convirtió en refugio de los vencidos. Este texto incluye fragmentos de un ensayo inédito sobre la obra de Solari.

¿Su magnetismo arriba del escenario? ¿Esos movimientos acompasados, de cadencia lenta y ensimismada, eclécticos y extrañamente coreográficos, con saltos irregulares y giros en forma de trompo sobre un eje imaginario? ¿Esos dibujos algo tímidos con el cuerpo levemente arqueado y los brazos flexionados hacia adelante, en forma perpendicular, a modo de juegos aeróbicos, bajo una especie de estado de trance o de aura redentora? 

¿Su timbre de barítono filoso, vibrante y áspero, metálico y algo extraño? ¿Ese registro eficaz y certero, incluso ante figuras melódicas ciertamente complejas? ¿Esos vibratos profundos en estribillos de oscura dramaticidad y en codas abruptas o en tenso fade out

¿Su lírica hipnótica, condensada, oracular? ¿Esas letras de alta densidad poética y simbólica? ¿Esa retórica de la ambigüedad donde los sentidos no están dados de antemano, aun en los trazos más triviales? ¿Esa lengua precisa y exquisita, sofisticada y plebeya? 

¿Su impronta de francotirador impertinente, aguafiestas? ¿Esa vocación por situarse en las periferias, en los márgenes, en las fronteras sin salirse de cauce? ¿Esa preferencia por el trabajo artesanal que no reniega de las novedades, por la autonomía entendida como pulso creativo soberano, por la independencia como forma de escaparse del mainstream siendo parte inevitable de su corpus? 

¿Qué?

Carlos Alberto Solari (Indio, para todos; Solari, de aquí en más) excede el rótulo de artista del género rock. La ascendencia que supo construir alcanza dimensiones sorprendentes, incluso medidas a partir de los parámetros convencionales de la industria del entretenimiento. Circuito ajeno y distante, por otra parte. Desconfianzas mutuas. 

Lo popular, en su caso, fue más allá del sold out persistente, siempre en ascenso, y se convirtió en contraseña intergeneracional, motor de encuentros masivos, multitudinarios, y en emoción compartida, pero también en clave interpretativa para descifrar enigmas y en clave sensible para mitigar desamparos. Heterogéneo y transversal en términos etarios, pero también societales, lo popular devino devoción pagana y estampita venerada con fruición. Profeta terrenal de paraísos perdidos y profecías lejanas pero posibles. Sensibilidad persuasiva y ligazón perdurable, de algún modo. Bastante más que magnetismo arriba del escenario, particularidades vocales, lírica hipnótica e impronta de francotirador. Partes de un todo que las excede.

(…)

Solari supo delinear un itinerario artístico tan poderoso e influyente como alejado de ciertas pautas predominantes en la escena rock argentina. Una de ellas está atravesada por el factor tiempo. La paciencia y la demora, mejor. La búsqueda de la oportunidad esquiva pero propicia, más allá del imperio de las circunstancias. Macerar y dar de nuevo, si hiciere falta, aunque ello suponga perecer en el intento. Porque ello supone, al fin y al cabo, pulso creativo soberano. Grabó su primer trabajo discográfico a los 36 años, por caso, luego de un trayecto relativamente largo por el under con la banda que había creado junto a Skay Beilinson, ocho años después de su primer concierto. Ingresar, orejear y no quedarse. Hurgar, medir fuerzas, sentar bases y replegarse, en su trinchera, ostracismo intermitente, voluntario. Comunicar un concepto, un elemento estético, una sutileza de su trabajo y volver al misterio, a su intimidad retaceada en Parque Leloir, lugar bien cercano y preciso. 

La música por sobre el personaje, en definitiva. Aunque el personaje sea rostro conocido, estampita, y su voz, múltiple pliegue de sentidos. Convencido de que las canciones no cambian el mundo, pero sí pueden cambiar la mirada o la cosmovisión que se tenga de ese mundo. Convencido de que la moda no es vanguardia.

¿Indio o Patricio Rey? ¿Indio o Míster? ¿Protoplasman, Fisgón Ciego, Marsupial? ¿Artista Invitado, Monsieur Sandoz, Caballo Loco? ¿Cantante tímido? ¿Varón viril y de gran fuerza? ¿Viridio? 

¿Quién de todos? ¿Cuál de ellos? ¿Uno y el mismo? 

Solari. O no tanto. 

(…)

En sus canciones, Solari no admite lugar para neutrales, para observadores pasivos, meros comensales de un banquete ajeno. Aunque los clivajes no sean mecánicos ni estén desprovistos de matices o tensiones, aunque los juegos dialécticos huyan de los atajos o los esquemas unívocos. Se implica en las letras, en esa búsqueda. Le pone el cuerpo. Sin apologías ni moralina. Autorreferencial, en el fango. O con citas o intertextos que permiten encadenar referencias. O con personajes que entran y salen de escena para que perdamos pistas de sus miserias o para contemplarse en ellas. Sin embargo, una cosa parece segura: existe un clivaje último, una certeza de la cual es difícil escapar. Una mecha, una divisoria variable y relacional, resguardo taxativo ante el cual no vale el cinismo y el “papel picado” deviene goce ocioso, pasajero, y frustración recurrente. Ante el cual resulta imprescindible tener bien en claro de qué lado estar (en términos éticos, estéticos y políticos; políticos, sí, en el sentido más profundo del término) sin dejar que tanto humo obnubile el bello fiero fuego de la diferencia. Sin dejar que esa diferencia sea una simple compulsa entre buenos y malos. 

Certeza última, en definitiva, la mecha no define esencias sino un lugar en la historia, contextual y situado. Un lugar para el albedrío, que nunca es enteramente libre. Un lugar material y simbólico provisto por el derrotero de esa historia. Vencedores y vencidos, en sus trazos gruesos. Vencedores circunstanciales que encuentran en una coyuntura excepcional el momento para el sosiego (“ahora tiro yo porque me toca”). Vencedores crónicos a los que la taba esta vez (mero interregno) les ofrece una suerte esquiva. Vencidos acostumbrados a la derrota (“un mudo con tu voz, un ciego como yo”) que ven en esta mascarada, en la escenificación de tiempos menos impiadosos, en este teatro antidisturbios, un ensayo general donde la tragedia se esconde como farsa. Vencidos ubicuos en la derrota, cuerpos sufrientes, rotos y mal parados, con la resignación a cuestas, sumergidos en el doliente marasmo de sobrevivir a como dé lugar, sin existencialismos posibles. Criminalizados en ese trance, con penas que caen, ruedan y escapan como piedras que ahuecan corazones. Vencedores vencidos de muchas maneras, con otras tantas resignificaciones posibles.

El clivaje no es ingenuo. La elección del corte provisto por el derrotero histórico, tampoco. Suponen una genealogía y un esfuerzo de síntesis. “Ni vencedores ni vencidos”, decía la proclama vitoreada por Justo José de Urquiza (1852), vencedor en la Batalla de Caseros, como promesa de voluntad piadosa contra los derrotados, sus vencidos, cruentamente perseguidos, a la postre. “Ni vencedores ni vencidos”, proclamó Eduardo Lonardi (1955) tras el golpe de Estado de la Revolución Libertadora (dos eufemismos cínicamente entrelazados), poco más de un siglo más tarde, tras los bombardeos a la Plaza de Mayo (nuestro Guernica, pero perpetrado no por una fuerza de ocupación o invasora; bautismo de fuego de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea) y antes de los fusilamientos en los basurales de José León Suárez, revancha clasista, otra de muchas, e intento de desperonización imposible, uno entre tantos. “Vencedores vencidos”, escribe Solari (1987) en tiempos de primavera ya escarchada y del soplo venturoso del Juicio a las Juntas convertido en Punto Final y Obediencia Debida, levantamientos carapintadas mediante. El terror de Estado persistía en los poros, impotencia inoculada, subjetividad maniatada; y el humor de los sobrevivientes, aquellos conscientes de la profundidad de la derrota y todavía resistentes, necesitaba alzar la voz (“¡Den la alarma!”), proteger el aliento (“¡Un último secuestro, no! ¡El de tu estado de ánimo, no!”) y ver qué estaban escribiendo las tribus (nuevo sujeto, embrionario, emergente) en las paredes del barrio. La calle, otra vez. Del centro a la periferia. Y la necesidad de correr hacia ella. ¿Hacia dónde, si no?

(…)

Del otro lado de esa frontera, la cultura rock. La cultura rock y la impostura como horizonte, aquella que exige saltar por encima de los decorados. Su canon exiguo y sus influencias, también. En el arte de El ruiseñor, el amor y la muerte, Solari organiza esas preferencias, entre la cita variada (sofisticada, exquisita) de cineastas, artistas visuales y escritores que congrega con los retratos respectivos. John Lennon, Leonard Cohen, Bob Dylan, Frank Zappa, John Mellencamp y Tom Petty, entre los referentes del género rock. Y solo un músico, entre los argentinos. Tanguero él: Floreal Ruiz, el Tata. “Jacqueline du Pré y Billie Holiday son las únicas artistas que me han hecho llorar”, ofrece como pormenor de aquella selección de nombres en Recuerdos que mienten un poco, el libro de conversaciones con Figueras. “Y no estoy diciendo las únicas artistas mujeres, no. Digo las únicas artistas, a secas”, aclara. Cuando quiso abrir el juego, elegir precursores, inscribirse en una tradición, saberse parte de una genealogía, decidió versionar «Jugo de tomate frío», de Manal, y «Post-crucifixión», de Pescado Rabioso, canciones de principios de la década de 1970, etapa fundacional del género en el país. Fue en un recital de 2010, con LFAA, en la ciudad de Tandil. Un gesto. Una excepción.

En Tandil, también, casi seis años más tarde, Solari comenzó a despedirse. En aquella ocasión, como prólogo, dijo que Mister Parkinson le estaba pisando los talones, pero que la enfermedad malvada no lo iba a bajar fácilmente de los escenarios. Y, como epílogo, mostró su incredulidad ante esa marea humana que tenía ante sus ojos. “Es imposible abarcar esto. No sé de qué se trata. No me quiero hacer cargo”, ensayó como evasiva imposible, sin desentenderse del todo, aquella noche, la penúltima. Contraseña intergeneracional, emoción compartida. Devoción pagana y estampita venerada con fruición, ligazón perdurable. Constelación de experiencias yuxtapuestas. Misterio, mito y épica. Partes de un todo. Intenso e in crescendo. En fade out

*Néstor Leone es sociólogo y docente universitario. Autor de la novela Soplar sobre cenizas y el ensayo Código Borges.