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El banquete siempre, siempre es un peldaño más…

Fin de semana en la Puna jujeña: ruta, amigues, banquete, acustibardo y tortillas asadas rellenas.

Por el Juancho Mazzeo y la colaboración de Charly Mende, para @largavida.alrock.radio

Una semana después puedo sentarme a escribir este intento de crónica con el aporte de datos de mi amigo, y cronista de ocasión, el Charly Mende, otro amigo que siempre colabora con datos para redactar la crónica de los banquetes. Es que las demandas escolares se hicieron intensas luego de los 2000 km recorridos en el tramo: Cruz del Eje – San Marcos – Tilcara – San Salvador – Tilcara – San Marcos y regresar a la cuenca del sol.

Primeros días de agosto y el guasap reproduce un mensaje esperado: “Juan, ¿cómo te ves el sábado 15 en Jujuy?”, jajaja, la Eve confirmando a la familia viajera para salir a la ruta, esa que da buena suerte. Así empezamos a buscar alojamiento para disfrutar del norte, de una Quebrada a la que no volvía desde los carnavales de febrero de 2010, en ese hermoso viaje en la fiorino a gas de Hernán y con la Anita escondida entre los bolsos para no renegar con los cobanis en el camino. Esta vez, Tilcara fue el lugar elegido, ya que la banda de los barrios, Cabra da Peste, hacía un Acustibardo el domingo 16. Y ahí fuimos.

Viernes 14, ocho de la mañana salíamos con el forcito desde San Marcos Sierras con la tripulación completa: Eve, Cielito y Leo, sin el taper de los chipas que se olvidaron en la mesa del patio pero cargados de sahumerios para expandir el negocio familiar de Palo a Palo (sisi, nombre de la canción que abre el disco Hundido en el tiempo no te cansa imaginar, de Cielofinal). Doce horitas de viaje, algunos tramos de rutas detonadas por la ausencia del Estado, hermosas charlas y “una vocecita que decía que decía así” ya llegamos, falta mucho. ¡Ya tendremos nuestro morothome para ir de viaje Cielito, ja!

Nochecita tilcareña, algo apunados, cena en un bodegón que, como costumbre norteña, tiene un plato de sopa para la entrada, y un par de cervezas que permitan asegurar un gran descanso. Algunos mensajes con amigos para ver dónde nos encontrábamos al otro día y salir hacia San Salvador, y una noche con las estrellas ahí nomás, a su alcance. La mañanita en la Puna adelantaba un gran y hermoso día que aprovechamos para hacer mercado y feria, encontrarnos con amigos en la plaza y abrazarnos, ir por unas empanadas fritas y cerveza Salta y Norte, y organizarnos para ese viajecito hasta el barrio Ciudad Cultural, disfrutando del paisaje y con el Jorge que se sumaba a la tripulación. Gran persona y alto fotógrafo.

Cerca de las 5 de la tarde estábamos buscando nuestras acreditaciones y encaramos para el predio, para ingresar temprano a ver a La Yugular, la banda local que daba inicio al banquete y que me sorprendió gratamente la presentación que realizaron. Hace unos años, en otro programa de radio que hice en plena pandemia, me había encontrado con esta banda de reggae que sonaba muy bien y poder verlos en vivo fue un gran placer.

Un predio zarpado, con un escenario que tenía contornos de montañas con un marco, ingresos con algunos cobanis que se creen gi-joe y saludar comenzar a reencontrarnos con amigues de la Secta de Les Fotógrafes que hacía tiempo que no veía, y otros hermosos personajes rengueros como el Gordo Gaby, Pratto, Anita y el Sabbath, el Javi, las fundamentalistas nicoleñas Agus y Gachi, y abrazarme con mis coterráneas, las hermanas Settetrombe, las representantes de la República de Fighiera.

Sin darnos cuenta el predio se fue poniendo a pleno, con un atardecer increíble y esas melodías de la Yugular para amenizar la espera. Una gran presentación para una banda que esta cumpliendo 21 años en los escenarios y con un recorrido discográfico que vale la pena escuchar.

A las 9 de la noche estábamos la Secta de les Fotógrafes tenía casi la lista completa: Romy, Raquel, Ara y Martín, la Vane, Cani, Niko, qué linda tribu. Suena repetitivo, pero una de las cosas más hermosas del rock es la buena gente que conocés en el camino, algo que hay que poner en valor siempre, más en tiempos violentos donde nos tratan de deshumanizar y dividir con el sálvese quien pueda.

A las 21.45 se apagaron las luces y se escucharon los ruidos de los motores, y los trapos que comenzaron a agitarse con más ganas: Buena ruta hermano, Motoralmaisangre, Nómades, Tripa y corazón, Buena pipa, A la carga mi rocanrol, Ese lugar de ninguna parte, En los brazos del sol, Vende patria clon, A tu lado, Poder, Montaña roja, En bicicleta, Ruta 40, Hay un tirano que es para vos, Lo frágil de la locura, El rito de los corazones sangrando, Paja brava, Balada del diablo y la muerte, En el baldío, Bien alto, La banquina de algún lado, Cuándo vendrán, El ojo del huracán, El juicio del ganso, El viento que todo empuja, Oscuro diamante, La razón que te demora. Diez minutos de respiro para volver con: Masomenos blues, El rebelde, El final es en donde partí y Hablando de la libertad.

Dos horas y media de otro gran banquete, con una escenografía, como siempre, increíble. Esos telones que juegan y poguean con las imágenes y las luces, que permiten otro disfrute a nuestros sentidos, imágenes que luego se traducen en tintas y banderas. Y un sonido sin fisuras. Sigo sosteniendo la necesidad de resaltar el trabajo de esa familia renguera detrás del escenario.

Nos encontramos en el puesto de Arte Infernal para salir caminando tranqui, compartiendo experiencias y volviendo hacia Tilcara apunados de locura, con la voz del Indio acompañando el camino, una voz que sonó al terminar el banquete y nos hizo soltar algunas lágrimas con esas canciones que pasaron a ser parte de nuestras vidas.

Los cuerpos descansaron lo necesario para comenzar el domingo de turistas: plaza, mercado, Pucará, la chancha donde entrenó la Selección del 86, los abrazos con la familia da Peste, plaza, amigos, birra, tortillas rellenas y disfrutar de “la tierra bañada de sol, respirar aire en las alturas, llenar el cuenco de mis ojos…”

El patio de la hostería Gran Casa fue el lugar para celebrar un nuevo Acustibardo, el formato en trío y acústico de Cabra da Peste. Esta vez con el Negro, Carucha y Eric, y gran parte de la banda de los barrios que nos quedamos unos días más para bancar la gira jujeña: la banda cordobesa de los Viércoles, Mataderos, Lafe, los uruguayos, Merlo, Luzuriaga, San Miguel, Barracas. Sí, somos una familia muy normal, barrio y corazón. Y nos vieron festejar en Tilcara.

El lunes nos levantamos como pudimos, preparamos los bolsos y nos fuimos despidiendo de la Quebrada, de esos colores en las montañas, felices. Eve y Cielo se quedaron unos días más y con el Leo iniciamos el regreso, con Jorge de invitado hasta el aeropuerto de Perico. Salimos al mediodía con viento y sol, pasamos por una neblina que no se veía una cabra a dos metros, luego lluvia, lloviznas, frío, una circunvalación en Tucumán que se hizo eterna hasta que nos dimos cuenta que el gps nos señaló otro camino y desviar en Famaillá, donde funcionó uno de los centros clandestinos más crueles de la genocida dictadura del 76, para encarar por la 157 hasta la 60 y la 16 que nos deja en la rotonda de Cruz del Eje. Repasamos discografía ricotera y fundamentalista en las casi 12 horas de viaje y nos despedimos con un abrazo. Es que sabemos que el banquete termina cuando llegamos a casa.

Sigo insistiendo que vivir, solo cuesta vida, y que el rock no solamente se escucha, se vive, se siente. Estamos viendo una renovación generacional en el público que nos pone muy contentos, eso de ver familias disfrutando de un recital de rock, infancias cantando las canciones que tantas veces nos ayudaron a seguir andando ante los problemas de la vida. Ojalá podamos seguir cuidándonos, que el rock sea ese refugio ante un contexto violento y perverso, un refugio y una trinchera desde donde poder construir utopías posibles.

Nos vemos la próxima, nos vemos y nos abrazamos, y brindamos por cualquier camino que tenga corazón.